Sergio Ramos: demasiado corazón

Buenos días. Le faltan ya, gracias a Dios, dos telediarios a este campeonato de Liga que todos los madridistas estamos viviendo como un viacrucis. Perdimos en el Pizjuán de manera bastante lastimosa, con un Ramos acelerado por razones del corazón, y con un resto del equipo plagado de suplentes a quienes sienta demasiado bien la condición de tales.

Hay algo más incómodo y marrullero que el Sevilla, y ese algo es un Sevilla entrenado por Joaquin Caparrós. A un Sevilla entrenado por Caparrós, con el excedente de aspereza que ello acarrea en un equipo quintaesencialmente duro cuando se enfrente al Madrid (por contraste a lo que les pasa cuando, verbigracia, juegan finales de Copa contra el Barça), se enfrentaron a los hombres de Zidane, y lo hicieron sin un atisbo de legítima protección por parte de Mateu Lahoz, que dio carta blanca (blanca sevillista) para repartir estopa. Con todo, tan endeble fue la actuación de los habituales suplentes que ni esto ni la cercanía de la final de Kiev pueden servir como excusa.

Ramos hizo prácticamente todo lo que se puede hacer en un partido de fútbol: defender bien, defender mal, atacar bien, atacar mal, tirar un penalti mal, tirar un penalti bien, que te hagan un penalti (tras fallar el primero), internarte como extremo izquierda, despejar los centros del extremo izquierda contrario, tirar una falta fuera por poco, meter un gol, pedir perdón al público, protestar, sonreír, amar.

Amar, sí. Sergio Ramos llevó ayer a cabo (y no es descartable que fuera él mismo quien pidiera no quedar fuera del evento) un acto de amor desaforado a todo, un acto de panamor: amor al Madrid, amor al Sevilla, amor a Sevilla, amor a su profesión, amor a su abuelo, amor al público sevillano que le respeta y hasta -si se mira bien- amor al público sevillano que no le respeta, porque jugar para joderles un partido que podría haberse ahorrado es algo tan grande que no cabe en los confines del simple desquite. No podemos censurar que Ramos jugara ayer ni el cómo jugó, porque cómo censurar algo que se parece a la vida más que la vida misma y que es más grande que ella en sus viscerales y nobilísimas razones. Pero sí diremos algo: nuestro capitán debe plantearse si el jugar allí, cuando seguramente nadie le requiere para hacerlo, le hace algún bien.

Por lo demás, la prensa catalana está en modo celebración, aprovechando que aún no estamos a 26. El Villarreal le hizo al Barça un pasillo de 90 minutos en el que brilló hasta Dembélé.

Pasad un buen día.

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